
qué para entrar al cielo .....
Un espacio donde me gusta estar,con mi música letras y imagenes que nos dejan soñar con citas que nos dejan reflexionar que el amor es amor y mientras allá amor hay vida....y que viva estoy!!!!


Las princesas son, en medio de todo, infelices criaturas. Solamente pueden jugar con sus iguales, de éstos hay, en verdad, muy pocos.
Por eso, la pequeña princesa tenía que lanzar completamente sola su pelota de oro al aire y volverla a coger de nuevo, cuando salía a jugar en el jardín del palacio. Pero esto la aburría.
Un día, desde el otro lado del muro, llegó hasta ella el rumor de alegres risas. La princesita escuchó, y luego miró hacia la camarera que la vigilaba. Ésta se hallaba sentada en un banquillo; pero era evidente que estaba a punto de dormirse, pues el tiempo era bochornoso: tan pronto llovía como hacía un calor sofocante. En este momento se cerraron los ojos de la doncella. La pequeña princesa conocía la puertecilla que había en el muro. Pero sabía también que un soldado la guardaba constantemente.
Pero, ¡oh suerte! También el soldado se había dormido un poco en su garita, a causa del bochorno. Así pudo deslizarse la princesita como un ratoncillo, sin ser vista. Con curiosidad miró calle arriba, calle abajo. Un niño y una niña estaban sentados en el bordillo de la acera, entretenidos en hacer correr barquitos de papel en un arroyo de la calle. Con las puntas de los pies descalzos o con bastoncitos de caña, desviaban los barquitos que querían deslizarse en la alcantarilla. Sin embargo, si esto sucedía, reían fuertemente los dos muchachos, y él hacía entonces un nuevo barquito. Nunca había visto la princesa un juego tan agradable y entretenido como aquél.
-¿Puedo jugar con ustedes? -les rogó la princesita.
-Por mí... -dijo el muchacho.
-Sí, con mucho gusto -dijo la muchacha.
Entonces abrazó la princesa a la muchacha y se sentó junto a ella en el bordillo de la acera. Parecía que ahora empezaba para ella una nueva vida, y esta maravilla duró casi media hora. Hasta que de pronto se oyó gritar detrás del muro:
-¡Princesa! ¡Princesa!
Al punto se abrazaron las dos muchachas, y la princesa dijo:
-¡Qué lástima que no pueda quedarme siempre a tu lado!
Acompañada por siete doncellas, regresó de nuevo la hija del rey a palacio, y tras ella marchaba el soldado. En el palacio se llevaban las doncellas las manos a la cabeza y gemían con desconsuelo:
-¡Ha jugado con niños de la calle! ¡Desnúdenla y arrojen todos los vestidos al fuego!...
Después la bañaron cuidadosamente. Pero cuando comenzaron a peinarle los cabellos, lanzó la primera doncella un fuerte grito.
-¿Qué te ocurre? -preguntó la princesa, compasiva.
-¡Terror sobre terror! -lamentó la doncella, y pidió a gritos una bandeja de oro.
Sobre ella colocó un pequeño puntito de color pardo, que se agitaba alegremente.
Luego reunió a las demás doncellas del servicio de la princesa. Todas se inclinaron sobre un diminuto animalillo, y la más vieja sentenció, llena de espanto:
-Es un piojito. Lo ha cogido de la andrajosa muchacha. ¡Al fuego con él!
Pero entonces exclamó la princesita:
-¡No es ninguna muchacha andrajosa! Es mi amiga. Y el piojillo quiero conservarlo yo. No ha de ir al fuego.
Entonces se desmayaron las siete doncellas al oír semejantes cosas. La princesa, sin embargo, se apresuró a ir con la bandeja de oro hacia la reina:
-Reina, querida madre. ¡Quieren quitarme el piojito, el regalo de mi amiga! -exclamó.
Entonces se desmayó también la reina, y se llamó apresuradamente al rey. Éste se echó a reír cuando supo de qué se trataba y dijo:
-Princesa, princesa, ¡Ese pequeño animalito muerde!
Hizo una seña a un soldado, y éste se llevó la bandeja de oro en que estaba el piojito. La princesita, entonces, comenzó a llorar amargamente, y no había manera de consolarla.
Como al tercer día aun siguiera llorando, hizo venir el rey a su orfebre, que era un hombre hábil y famoso en su oficio. El rey le ordenó que hiciera para la princesa un piojo de oro, el cual resultó en extremo maravilloso. Pero la princesita arrugó, al verlo, la naricilla y dijo:
-Éste no puede andar.
Entonces ordenó el rey al orfebre que hiciera otro piojillo de oro que pudiera caminar. El orfebre se dio gran maña y, después de siete días de trabajo, pudo regalar el rey a su hija un magnífico piojillo que corría con sus seis ligeras patas. La princesita gritó de júbilo, y puso el piojillo sobre sus rizos. ¡Oh! ¡Cómo cosquilleaba! La princesita reía, y el rey exclamaba lleno de alegría:
-¡Orfebre, tú has de hacer cien de estos piojitos para la princesa!
Así se hizo, como el rey mandaba, y nadie se sentía más feliz que la princesa. Pero sólo duró tres días esta felicidad. Al cuarto día, dejó caer la triste cabecita y se lamentó:
-Mis piojitos pueden caminar, pero no pueden morder. ¡Qué bien lo tienen los niños que viven fuera del palacio!... Sus piojillos muerden.
En su terquedad, no quiso ver ya siquiera los cien dorados animalitos que traía el orfebre. Los encerró todos en una cajita y los lanzó en amplio círculo por encima del muro del palacio.
Allí estaban jugando como siempre los dos pilletes: el niño y la niña de las barquitas de papel. La chiquilla abrió la cajita y comenzaron a huir de allí todos los piojitos de oro. Tan rápidos corrían, que cada uno de los dos muchachos sólo pudo atrapar a uno de ellos. Luego los llevaron a sus padres.
¡Cómo se asombraron éstos del hallazgo! Los dos piojitos de oro no sólo podían caminar, sino también buscarse para bailar los dos juntos. El padre, un diestro afilador de cuchillos y tijeras, se dio cuenta enseguida de que estos animalitos eran muy valiosos. Por temor de que el rey pudiera hacerlos buscar de nuevo, se trasladó con su familia a otro país. Esto le era fácil, pues vivían en un carro, y medios para poder vivir apilando cuchillos y tijeras los hay en todos partes.
En el país extranjero a que llegaron fueron admirados también grandemente los habilidosos animalitos. Tanto, que el rey de aquel país oyó hablar de ellos como de algo maravilloso. Entonces mandó llamar al afilador de tijeras y le compró por una gran suma los dorados piojitos bailadores.
¿Pueden imaginarse lo que, ante todo, se compraron los vagabundos con este dinero? Un peine muy fino. Con él peinó la madre los cabellos de sus hijos y sacó de ellos todos los piojitos. Desde entonces no tuvieron ya que rascarse más y pudieron dormir en adelante tranquilos. No podía negarse que eran la gente más feliz de este mundo.
La princesa lamentó, sin embargo, durante toda su vida que el orfebre del rey no fuera capaz de fabricar piojitos que no sólo caminaran y bailaran, sino que pudieran también morder.
Sí, sí; así son las princesas.
FIN
Anónimo suizo



Estoy perdida y sola
como un pájaro que retrasó su vuelo
y tu silencio me dibuja sombras
donde los ángeles estaban siempre
hoy se pusieron túnicas de duelo.
No me sueltes la mano...
me da miedo saberte tan lejano,
me da miedo pensarte tan ausente.
El olvido y la muerte son hermanos
y los dos nos atacan frente a frente.
Este amor no se cansa ni se vence,
busca tu voz que calla,
busca la tinta de tu sentimiento,
quiere recomponer no sé qué cosa
que se ha quebrado en el cristal del tiempo.
No me quites el aire que respiro,
no me quites el sueño que me calma,
no me sueltes la mano en la tormenta.
No desates tu alma de mi alma.
Poldy Bird

Si pregunta por mi,
traza una cruz de silencio en tus labios.
Si pregunta por mi
dile que he muerto
que he sido en el fondo del olvido,
que soy un árbol triste
cansado de esperar.
Pero, si pregunta por mi
no le des mis palabras cálidas,
no le des mi sonrisa triste,
no le digas que todavía lloro,
que todavía su imagen está entre mis sueños,
que quisiera como tantas veces
volver en sueños a ese mundo de maravillas.
Solo dile que me he ido y no sabes donde.
Vamos a ver,
si la ves pregúntale,
pregúntale su predilecto libro
entre las manos me recuerda,
pregúntale que si sus caricias,
que han de corresponder a otro,
son aquel amor que ella me brindaba.
Si pregunta por mi,
dile que me he ido al infierno
Pero ... no ... espera
si ves que en sus ojos hay aunque sea
un poco de luz para mi,
dile, tan solo dile que venga..
autor: Mario Benedetti

Hace un rato crucé por una plaza, no se por qué pasé junto a las hamacas y un chiquito me dijo: "hamáqueme fuerte, quiero tocar el cielo con los pies", me lo dijo sin preguntar mi nombre, sin preguntar si yo era buena sin preguntar cuanto dinero llevaba en mi cartera. Sólamente me dijo hamáqueme hasta el cielo y no se puso a calcular cuantos metros lo separaban del cielo.
¿Para qué? estaba allá , era azul, era ancho. También podía ser suyo... Tenía derecho a él.
Dejé mi cartera sobre la arena y lo hamaqué con todas mis fuerzas.
"Lo toco!" gritaba entusiasmado. "Lo toco ve?". Reía.
Y su risa era una cuchara tintineando en el cristal del aire.
Y mi risa era también una campana azul en el aire de enero.
Alguien a mi costado reía conmigo.
Reía en esta tarde, reía porque si.
Era el ángel...el ángel antiguo y vapuleado, el ángel de la infancia que por fin encontró un lugar libre junto a mi, y sin pedir permiso, se agarró de mi vestido, se zambulló en mi cuerpo y me ayudó a hamacarlo. En la mitad del día, en la mitad del dolor, quebrando la seriedad de nuestro oficio de adultos austeros, reconcentrados, grises, hay siempre un chico volando en una hamaca.
Un chico que somos nosotros mismos, queriendo tocar el cielo como sea.
Basta con detenerse a hacerlo.
Basta con agarrar su mano leve y decirle despacio las cosas más disparatadas y hermosas; que es lindo estar vivo, que el corazón no necesita un motor a chorro para tocar las nubes pues sube solo como el incienso de las bendiciones, si lo dejamos escapar un instante de la rutina.
La verdad es esa, simplemente esa cosa tan simple que de tan simple tenemos olvidada.
Cuando dejé la plaza en mi pecho reverberaba una fuente. Iba sonriendo. Algunos se detuvieron para mirarme y sonrieron también.
Creían que le sonreían a una muchacha sola y un poco loca que se reía por nada.
No sabían que también le estaban sonriendo a un ángel invisible que iba colgado de mi brazo.

Regálame hoy…las llaves para sentirme Mujer
1.-DIME MUCHAS VECES QUE ME QUIERES:
Dímelo con palabras, obras y gestos, no des por descontado que ya lo sé. Por que
a veces dudo de mi como soy, yo necesito oir una y mil veces que me amas.
Quizás, tal vez te parezca que de tanto repetírmelo me fastidia. Hasta puede ser
que yo te diga que no me hace falta. Pero tú no lo creas y sigue diciéndomelo.
2.-FELICÍTAME A MENUDO POR LOS TRABAJOS BIEN HECHOS:
Y cuando algo me salga mal, por favor, no me lo eches en cara, sino mejor
anímame. Y otra cosa: nunca aceptes lo que hago por ti como algo natural que yo
deba hacerlo; reconócemelo. Eso me animará a seguir. Con gusto te hago la
comida y te preparo la ropa, pero… ¿por qué lo has de pasar inadvertido? ¿Es
que nunca te lo han dicho…..? Que cuando nadie te lo reconoce, una hasta se
cansa de ser buena.
3.-CUANDO TE SIENTAS TRISTE O SOLO DÍMELO:
Me alegrará saber que tengo la capacidad de consolarte. Los sentimientos, si no
se expresan en palabras, pueden convertirse en destructivos. Recuerda que,
aunque te quiero mucho, no siempre puedo leer tu pensamiento
4.- CUANDO ESTÉS CONMIGO, EXPRESA PENSAMIENTOS Y SENTIMIENTOS ALEGRES:
Tienen el poder de dar vida nueva a nuestra
relación... A caso… no sería maravilloso celebrar “incumpleaños” y días
particulares, que sean exclusivamente nuestros. Haz regalos de amor, sin motivo.
Simplemente porque quieres, por la única razón del amor.
5.- HAZME SENTIR IMPORTANTE:
Sí...con tu manera de tratarme en casa, esa
delicadeza tuya me compensará de tantas veces que me he sentido anulada por la
indiferencia de los demás. Si me amas, construye tú en mi lo que destruyen otros.
6.-NUNCA DESPRECIES MIS CRITERIOS:
No digas que lo que yo veo o
entiendo no tiene relevancia ni realismo. Si yo lo entiendo así, para mi ¡si es real y
tiene importancia!
7.- ESCÚCHAME SIN PREJUICIOS NI IDEAS PRECONCEBIDAS:
Ser escuchada, como ser vista, es vital para mi. Cuando tú me oyes y me ves tal
como soy y me siento ahora, reafirmas mi personalidad, y eso nos ayuda a los dos
a evolucionar en nuestro amor.
8.-TÓCAME, ABRÁZAME, ACARÍCIAME: Yo soy cuerpo también y mi ser físico se
revitaliza con el lenguaje afectuoso del gesto.
9.-RESPETA MIS SILENCIOS: En los momentos de callada reflexión, se perfilan
alternativas para mis problemas, se desarrolla mi creatividad y se manifiestan mis
necesidades espirituales. Yo necesito a veces estar a solas conmigo mismo:
déjame.
10.-HAZ SABER A LOS DEMÁS QUE ME QUIERES: La afirmación pública de
nuestro amor me llena de orgullo. Es bueno hacer participar a los demás de
nuestra relación.
DESCONOSCO SU AUTOR
que nuestros hijos no lloren mas fuera podofilos seres inmundos ,podridos,almas sucias mejor dicho sin alma por una niñes pura denuncia la pedofilia ,


Primer amor, perfume de mimosas,




El mehndi es una técnica milenaria de pintar la piel con henna que se emplea en la India, Pakistán, Irán y África del norte.
Según
la wikipedia la henna se hace con la hoja seca y el pecíolo de la
planta Lawsonia alba Lam, se obtiene un polvo verde parduzco con los
extractos vegetales y éste se mezcla con zumo de limón y aceites para
liberar el tinte de las hojas y azúcar para dar consistencia. Cuando se
aplica a la piel el tinte se vuelve naranja pálido y para oscurecerlo
se le añade café o té.
En internet por casualidad he llegado a
la página de un grupo de artistas en California Estados Unidos, que
dominan la técnica del mehndi llamadas Henna Caravan. En la página
tienen una galería con varias fotos de panzas decoradas de mujeres
embarazadas, como la foto que acompaña esta entrada, con diseños muy
hermosos.
Es sin duda un bonito recuerdo sobre todo para las
mamás a las que les gustan los tatuajes, que aún cuando los dibujos en
la piel con henna se asocian con los tatuajes temporales, en el caso de
la henna son sólo dibujos y no interviene ningún tipo de material
punzante que maltrate la piel.
El mehndi es en algunas culturas
asociado con la suerte, un símbolo de protección, como una especie de
talismán y un símbolo de gran belleza. En algunas culturas se emplea
como ornamento nupcial e incluso en mujeres embarazadas para bendecir a
la madre y el niño.
Por supuesto todas las embarazadas que
deseen hacerse un “tatuaje” con henna, aún cuando la misma es
totalmente natural, lo mejor es que siempre consulten antes con el
médico tratante
miren mas imagenes de tatoo de henna aqui hennacaravan
Los meses pasaron, el Rey enfermó y al poco tiempo falleció. Antes de que esto sucediera, dejó una nota informando a sus hijos, que rey sería aquel que ganara una competencia de valentía. La competencia consistía en luchar contra el Dragón de la Montaña Roja. Los tres hermanos aceptaron el desafío y partieron hacia allá.
El camino era largo y espantoso porque siempre era de noche y nunca se veía el sol. El Dragón de la Montaña Roja era un enorme animal con cuerpo de serpiente, cola de león, patas de caballo y alas de águila. Su cola era un arma terrible. Podía volar y echar fuego por la boca. Al llegar al pie de la montaña los tres hermanos decidieron llevar a cabo el desafío haciéndolo cada uno por su lado. Entonces llegaron a un acuerdo y por sorteo le tocó al hermano menor ir primero a intentarlo.
Cuando el hermano pequeño llegó al pie de la montaña, descubrió que había una entrada secreta, en forma de cueva, que estaba tapada por el boscaje, decidió entrar y lo que vio fue un monstruo fuerte y feo que le atacó sin piedad, pero el apuesto Príncipe se defendió y lo mató con su espada.
Pero cuando el Príncipe se dio la vuelta victorioso y dispuesto a salir de la cueva para contarle a sus hermanos su triunfo un terrible sonido le dejó inmovilizado de terror, un viento helado surgió de su espalda y aunque le dieron ganas de salir corriendo, la curiosidad le venció y volvió su rostro hacia atrás y cual fue su sorpresa, que al girarse, se encontró con un niño. El Príncipe le preguntó cómo había llegado hasta la cueva, y el niño respondió que había sido hechizado por una bruja malvada, encerrándolo en el corazón del monstruo y que al derrotarle había quedado liberado del hechizo y así los dos juntos salieron de la cueva dando saltos de alegría.
Fueron corriendo a contárselo a los otros dos Príncipes, y los cuatro se alegraron mucho de verse. El Príncipe más pequeño le contó a sus hermanos lo que había pasado. Los otros dos hermanos se quedaron muy sorprendidos y le preguntaron al niño: «¡es verdad eso! y ¿por qué te hechizaron?» y el niño contestó: «porque yo era el Príncipe de Francia y quería casarme con la Princesa de Italia». Esas palabras extrañaron a todos y pronto se dieron cuenta de que el niño hablaba con acertijos, por lo que su felicidad no podía ser completa, por eso decidieron enviarlo a su castillo para que descansara y pudiera recuperarse de la terrible experiencia que había vivido.
Cuando los tres Príncipes se quedaron solos se abrazaron y cada uno se marchó por un camino diferente hacia la cima de la Montaña Roja donde vivía el Dragón contra el que tenían que luchar, pero de pronto sopló un viento muy fuerte, el cuál hizo que los tres Príncipes se encontraran con el Dragón, que era más grande que un castillo de un millón de pisos. Los tres se aterrorizaron y se marcharon corriendo. Pero a mitad de camino, los tres Príncipes se dieron la vuelta y demostrando su valentía se dispusieron a luchar contra el Dragón y tras una intensa pelea consiguieron vencerle. Al cabo de unos instantes el Dragón se fue transformando lentamente en un anciano que les dijo que había sido hechizado por un malvado Rey, que a su vez era un temible brujo, y este brujo era el padre de los tres Príncipes.
Entonces los Príncipes al conocer la noticia quedaron decepcionados. La maldad de su padre había quedado sembrada por todo el reino y ellos no querían heredar nada que estuviese relacionado con el Rey (su padre). Renunciaron al reino y disfrazándose de simples campesinos emprendieron camino hacia un lejano lugar.
Viajaron hasta llegar a una tierra desconocida lejos de la maldad de su padre. Los tres hermanos sufrieron mucho pues estaban acostumbrados a la vida lujosa del palacio y el campo era algo muy diferente. Por días enteros, sufrieron hambres y miserias hasta que un día su suerte cambió, encontraron un Ave Fénix que les dijo que si rozaban a cada niño que naciera con una de sus plumas, lograrían encontrar la paz que tanto ansiaban. Entusiasmados con la idea los tres hermanos celebraron su dicha dándose abrazos y emitiendo pequeños gritos. El menor de los Príncipes tomó la pluma que el Fénix le ofrecía. Al tocarla una sensación cálida nació en la punta de sus dedos, la cual le protegió del frío. Sus hermanos le imitaron y juntos partieron rumbo a la aventura. Pero al cabo de un rato, un cuervo les robó la pluma y se la llevó a la montaña donde habitaba, un alejado lugar donde moraban pájaros gigantescos, animales tan antiguos como el principio de la Tierra. El cuervo escondió la pluma en su nido, donde sus crías esperaban desde hacía tiempo el calor suficiente para salir de su cáscara y la pluma se lo proporcionó. Cuando nacieron fue inevitable que rozaran la pluma del Ave Fénix, lo que provocó en los Príncipes un gran desasosiego, ya que las crías del cuervo eran tan malas como él, pero sucedió que cuando las crías del cuervo rozaron la pluma murieron todas porque la pluma del Ave Fénix podía vencer la maldad.
Pero todas no eran crías de cuervo; también había en el nido un huevo de paloma y con el calor que le proporcionó la pluma nació una preciosa y blanca paloma, símbolo de la paz, que ayudaría a los Príncipes a llevar en el pico la pluma del Ave Fénix por todas partes del mundo, rozando con ella a todos los niños recién nacidos. Así se fue extendiendo la paz por la tierra que, poco a poco, se fue transformando en un lugar lleno de paz, armonía y felicidad. Y así los tres príncipes volvieron a su reino dónde vivieron los tres, juntos, felices y contentos. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Porque llegamos a fin de mes haciendo magia con el dinero.


